giraldatv » octubre 18, 2016

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Giralda tv Sevilla

Aquellas noches de fiesta junto al río

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Desde hace unos años, la calle Betis ya no es ni por asomo lo que fue. Cualquiera que haya tenido tiempo para el ocio, al estar de paso o al residir en la ciudad de Sevilla, sabrá cómo eran las juergas que se acaban organizando en todos los rincones de esta emblemática calle, situada junto al río Guadalquivir.

Desde El Faro hasta Río Grande, con todo lo que conllevaba esa extensión de terreno que conformaba el apartado lúdico y festivo de Betis, la diversión, el jolgorio y la algazara estaban aseguradas. Estudiantes universitarios que llegaban a la ciudad con ganas de darlo todo y acaban ebrios en el Big Ben, estudiantes del programa Erasmus que se dejaban la piel en la juerga y la liaban en El Alambique, treintañeros que venían de vuelto de todo y mostraban sus artes para el ligue en un pispás, pijos y taurinos dispuestos a entrar en la esencia más castiza y rancia de Lo Nuestro o El Rejoneo, jóvenes hedonistas con ganas de bailar y beber en Río Latino, almas extraviadas y peculiares que se adentraban en la oscuridad de Bogart…

http://www.elmundofinanciero.com/noticia/63790/economia/consejos-para-ahorrar-en-torno-a-los-servicios-basicos-en-el-hogar.html

Todo esa era Calle Betis hasta hace menos de un lustro. Pero algo, que no se sabe exactamente qué es, cambió… y ya nada volvió a ser igual. Vinieron nuevas generaciones, nuevos proyectos de para el ocio nocturno, nuevas inversiones en pubs y discotecas, la crisis económica, la falta de reinvención y de actualización de los negocios de Betis… Y las juergas desaparecieron casi por completo de una calle mítica para el bureo de todo tipo de públicos…

Sigue habiendo bares y ocio en las noches de Betis, pero ya nada volverá a ser como antes. El Paseo Colón parece haber conquistado con carácter exclusivo a los jóvenes con más poder adquisitivo que antes se paseaban por Betis y que ya ni siquiera cruzan el río. El resto, Erasmus, sevillanos, universitarios y demás personal con ganas de fiesta, debe de andar en La Alfalfa, La Alameda de Hércules… o en casa sin un duro por culpa del sesenta por ciento de desempleo juvenil de Andalucía.

Cultura

Los inolvidables caballos Cagancho y Chicuelo

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El arte del rejoneo eleva a la gloria de la tauromaquia a esos toreros a caballo que logran encontrar la armonía perfecta entre hombre y animal. Sus nombres quedan en el imaginario de los aficionados, en el Olimpo de las plazas de toros de todo el mundo. Sin embargo, más allá de los propios jinetes, los propios caballos de la cuadra de cada matador van ganándose con los años los corazones de los aficionados.

El caso más conspicuo y fastuoso es el de Cagancho. De pelo negro cuatralbo y de raza lusitana, el caballo más importante de la Historia del rejoneo alzó hasta la cumbre de la tauromaquia al navarro Pablo Hermoso de Mendoza. Su cordón blanquecino en la frente y la blancura en sus cuatro patas, frente a la oscuridad restante de su piel, acabaron por dar al equino una magia casi de otro planeta.

Cagancho marcó un antes y un después. La cercanía con la que se asomaba al balcón de los cuernos de los toros, el temple con el que los toreaba y quebraba y el elegante galope –de más mérito aún si tenemos en cuenta que era un caballo de gran corpulencia y no muy estilizado- alzaron a Cagancho a la gloria eviterna. Fue en 2002, después de una década de magisterio nunca antes visto, cuando su dueño, Hermoso de Mendoza, decidió liberarlo de las faenas en las plazas.

En aquellos años de gloria de Pablo Hermoso, Cagancho convivió en la cuadra con otra estrella absoluta de los ruedos, su hermano Chicuelo. Ambos caballos compartieron memorables tercios de banderillas que jamás se borrarán de la retina de los aficionados. Y ambos se pelearon infinidad de veces entre ellos –a veces con mordisco importantes-, como si fueran conscientes de la lucha que mantenían por el cetro del toreo a caballo. Después Pablo Hermoso tuvo otros caballos inolvidables, como Chenel, pero la esencia de aquellos Cagancho y Chicuelo marcó una inflexión que durará para siempre.