Cultura

Los inolvidables caballos Cagancho y Chicuelo

El arte del rejoneo eleva a la gloria de la tauromaquia a esos toreros a caballo que logran encontrar la armonía perfecta entre hombre y animal. Sus nombres quedan en el imaginario de los aficionados, en el Olimpo de las plazas de toros de todo el mundo. Sin embargo, más allá de los propios jinetes, los propios caballos de la cuadra de cada matador van ganándose con los años los corazones de los aficionados.

El caso más conspicuo y fastuoso es el de Cagancho. De pelo negro cuatralbo y de raza lusitana, el caballo más importante de la Historia del rejoneo alzó hasta la cumbre de la tauromaquia al navarro Pablo Hermoso de Mendoza. Su cordón blanquecino en la frente y la blancura en sus cuatro patas, frente a la oscuridad restante de su piel, acabaron por dar al equino una magia casi de otro planeta.

Cagancho marcó un antes y un después. La cercanía con la que se asomaba al balcón de los cuernos de los toros, el temple con el que los toreaba y quebraba y el elegante galope –de más mérito aún si tenemos en cuenta que era un caballo de gran corpulencia y no muy estilizado- alzaron a Cagancho a la gloria eviterna. Fue en 2002, después de una década de magisterio nunca antes visto, cuando su dueño, Hermoso de Mendoza, decidió liberarlo de las faenas en las plazas.

En aquellos años de gloria de Pablo Hermoso, Cagancho convivió en la cuadra con otra estrella absoluta de los ruedos, su hermano Chicuelo. Ambos caballos compartieron memorables tercios de banderillas que jamás se borrarán de la retina de los aficionados. Y ambos se pelearon infinidad de veces entre ellos –a veces con mordisco importantes-, como si fueran conscientes de la lucha que mantenían por el cetro del toreo a caballo. Después Pablo Hermoso tuvo otros caballos inolvidables, como Chenel, pero la esencia de aquellos Cagancho y Chicuelo marcó una inflexión que durará para siempre.